Montag, 6. Januar 2020

El sub | Palabrijes 19 y 20 "La ciudad como texto"

Con un enorme gusto comparto el link de mi cuento "El sub" que viene dentro de la revista Palabrijes de la UACM, número 19 y 20.

"Hoy quedé con Monika en Lichtenberg. Me citó hace una semana en el Katzencafé, posiblemente el primer café hipster de la zona B, fuera de la zona céntrica de Berlín y cuya atracción principal no son los cinco gatos que siempre están ahí, sino los pasteles de la casa. El café queda a una hora de donde vive ella. Es la primera vez en nuestra relación que repetimos lugar, lo cual es mucho decir, llevamos poco más de tres años saliendo. Quiere hablar conmigo. De la emoción, me he venido a pie los siete kilómetros de camino. Seguro que desea que volvamos a la zona A, como la gente normal. Lo presiento."



Samstag, 26. Januar 2019

Sonrisa descompuesta

Sonrisa descompuesta

Tenía en el cuerpo, ropa y andar huellas del hombre
que todavía extrañaba

cuando la vi
tiritaba en la parada de autobús

la sonrisa envuelta en su bufanda marrón
y protegida por hombros caídos

el hombre que lleva en la mirada
no va a detenerla cuando suba

no va a llegar nadie a llamarla
a esa mujer que se enreda
ahora mismo ante mis ojos
cubierta con tres capas
sin poder rearmarse el cuerpo

entrelazados los miembros con telas e hilos,
cobija el dolor de fibras
y arriesga sus dedos congelados

un gajo de corazón se me abre
y se desprende del pecho
allí está y ella lo mira

estoy queriendo
susurrar palabras

para salvarla a ella
y para salvarme a mí

¿cómo decirle a una mujer extraña
cuyas manos son bolas de estambre
que he perdido el corazón
mirándola sufrir de amor?

figura nueva de nariz perfecta
y ojos ciruela

Se baja la bufanda
para preguntarme qué digo
y entonces sé por qué
aquel hombre en sus pupilas
no habrá de aparecer

Cierro los ojos,
consternado

Soy yo ahora
quien no habrá de regresar

ella tenía la sonrisa descompuesta

Freitag, 30. November 2018

Playstation (2009) | Cristina Peri Rossi

Playstation (2009) | Cristina Peri Rossi

Casi diez años después y gracias al acervo del Instituto Iberoamericano de Berlín consigo un ejemplar de Playstation –bueno, en realidad una compañera del trabajo lo pidió prestado por mí. Yo, amante de la escritura de Cristina Peri Rossi (ya he reseñado aquí Los amores equivocados), busqué el poemario cuando salió sin éxito. Por ahí me cayeron un par de reseñas, donde tenía la sensación o que, las escribieron personas que odian a la uruguaya, o bien, personas que tenían que escribir sobre el poemario y lo hicieron sin mucho afán. Justamente eso hacía crecer mi curiosidad, ¿qué habrá en el poemario que hasta el momento resulta difícil saber por qué le dieron el Premio Fundación Loewe. Después de leerlo entiendo pues también a los reseñistas y un poco comprendo su decepción.


Cristina Peri Rossi

Justamente porque en otra reseña ya he hablado de la biografía de la autora, no me detengo aquí otra vez a resumirla. Sólo añado que, de aquello que conozco de la autora, puedo suponer que es de aquellos escritores que tienen talento para escribir. Es algo que se le da bien. En prosa su pluma es reconocible inmediatamente. Hay otros que, por el contrario, tienen cosas para contar (ese es su talento), pero escribirlas es su via crucis. Yo creo que ser de los segundos es una bendición: porque se puede aprender a escribir. Se puede ejercitar ese talento con muchísima disciplina y gracias a la capacidad de aceptar crítica. Ser de los primeros, como Cristina Peri Rossi, es una maldición. Porque al saber escribir uno presupone que ya sabe las reglas de la escritura, piensa que el talento per se es suficiente para enfrentar un tema y llevarlo a lo escrito. Esto por un lado.

Por otro, no estoy diciendo que cada palabra que escriba un autor, cada frase debe ser perfecta y debe estar al mismo nivel de las otras que ha escrito, porque a veces hay temas menores, porque a veces es más importante la forma, o más importante el mensaje y no su empaque. A veces, cuando uno tiene mucha suerte: puede combinar empaque (estilo) con mensaje (tema), creo que aquí se encuentran las grandes obras. Y creo también que esas deberían ser las premiadas, independientemente de lo que ha hecho el autor antes.

Playstation (XXI Premio Fundación Loewe)

Como fan de Peri Rossi me encantó el poemario. Una treintena de poemas casi todos autobiográficos que tratan los demonios del día a día de la autora: ella, la gente, el consumismo, sus traductores, sus amores, su vida cotidiana como escritora y un accidente que tuvo. Playstation es pues esa posibilidad de acercarse a la autora y ver a través de sus ojos.

                ¿Qué se puede ver a través de ellos? Que la fidelidad puede entenderse como una forma de ser consecuente con uno mismo y no con sus amantes:

Fidelidad

A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina
cantando Margherita de Cocciante
[…]
junto a la mujer que amaba
y me emocionaba.

A los cuarenta años escuchaba a Mina
[...]
junto a la mujer que amaba,
en Estocolmo,
y me emocionaba

A los sesenta años, escucho a Mina
[…]
ciudad de Barcelona
y me emociono

Luego dicen que no soy una persona fiel.




Se puede ver también una directa e irónica crítica a aquello que le dábamos un valor por sentado, la literatura. Y sin querer, en el mismo poema emparentarla con una fuente de enajenación, como lo es el aparato de televisión, para fugarse de eso magistralmente en una tercera enajenación, la consola:

Convalecencia

Me pasé tres meses en la cama
con la pierna derecha en alto
jugando con la playstation.

-me había atropellado un auto-

cuando dejaba de jugar con la playstation
y buscaba un libro para leer

todos eran tristes
contaban cosas horribles
de los seres humanos

-no necesariamente guerras y torturas,
sino matrimonios, hijos, divorcios, infidelidades-

de modo que volvía a la playstation.

La literatura es un residuo,
un excremento de la vida.


II


Me pasé tres meses en la cama
con la pierna en alto

jugando con la playstation
-me había atropellado un auto-

Cuando dejaba de jugar con la playstation
y encendía la televisión
todas las cosas que veía eran horribles
asaltos asesinatos violaciones
guerras chismes pornografía
de modo que volvía a la playstation.

El televisor me lo había regalado
una amiga y nunca lo había encendido antes.

Muchos de los poemas tienen un dejo de tristeza y soledad, de incomprensión del entorno frente a la poeta, quizás en este aspecto logra establecer una relación bastante estrecha con el lector. Pero también hay otros ejemplos, donde parece existir una mirada optimista:



Estado de exilio

Otra vez me tradujo
una presa, una presa blanca
del penal de Texas.

Le habían dado veinticinco años
por ayudar a escapar a una negra

Aprendió español

No tenía acceso al ordenador

Yo le mandaba cartas
que primero leía la oficial del Penal

Como los oficiales habían leído las cartas
que yo mandaba a mi madre

En tiempos de la dictadura.

Así son las cosas,
Marilyn Buck
le dije


Ella tradujo Estado de exilio
yo le mandé una carta
y una postal de Barcelona
con los monigotes de Gaudí
Parque Güell

Intercambiamos fotos

Me pareció una blanca honda
y fuerte,
aguerrida

Una mujer convencida de lo que hacía

(veinticinco años por ayudar a escapar a una negra)

El libro lo publicó City Lights

Las activistas de negros
hicieron un acto en una librería de San Francisco

Marilyn Buck no pudo ir
por estar presa

Yo tampoco fui

El acto poético ya había pasado
el día en que Marilyn Buck, del penal de Texas,
aprendió español
para traducir Estado de exilio.

La otra cara

¿Y por qué si hay un par de poemas excelentes la saña en las reseñas primeras? Posiblemente porque Cristina Peri Rossi es consecuente: porque escribe como sabe escribir. Y así entregó el poemario, sin detenerse quizás a pensar que la poesía tal vez podría sonar mejor, que tal vez había mejores formas acústicas de decir aquello que ella tenía por contar, y que en algunos poemas tal vez un poco por comodidad escondió en versos lo que funciona mucho mejor en prosa.

Yo no estoy diciendo que el poemario sea malo. En esta colección no hay un solo poema del que no pueda sacar nada bueno que decir. No estoy diciendo eso. Las frases muchas de ellas son contundentes e incisivas, pero por eso mismo digo “frases” y no “versos”. Baste leer un par de poemas en voz alta para descubrir que algunos de ellos suenan mal. En este sentido doy completamente la razón a aquellos que se desilusionaron. Sobre todo porque de la autora se conocen mejores poemas (pensemos por ejemplo en “El viaje”, dejo un fragmento al final). Posiblemente si ganó el premio, fue más por su nombre que por la selección de poemas que hizo. No lo sé. Lo supongo.

Terminando

Para los fans de Peri Rossi, aquellos que sí compraríamos sus camisetas en amazon “I love Cristina Peri Rossi”, es un poemario muy recomendable... Para el lector experto en poesía, me reservo su recomendación.



Postdata


El viaje (de Cristina Peri Rossi)

(fragmento)


Mi primer viaje
fue el del exilio
quince días de mar
sin parar
la mar constante
la mar antigua
la mar continua
la mar, el mal
Quince días de agua
sin luces de neón
sin calles sin aceras
sin ciudades
sólo la luz

Donnerstag, 15. November 2018

Crueldad


Crueldad
Es contar un chiste
y reírme 
hasta darme cuenta
a mitad de una carcajada
que hoy que es tu cumpleaños
y tú no estás.
Porque te moriste.

Eso es crueldad.

Sonntag, 4. November 2018

Arde Josefina (2017) | Luisa Reyes Retana (1979)


Arde Josefina (2017) | Luisa Reyes Retana (1979)

Premio Mauricio Achar 2017

Dicen las malas lenguas que este Premio viene quitando prejuicios y reclama ser un premio donde no haya mano negra, presume de apoyar a nuevos talentos. Dicen las malas lenguas que esto es cierto. La novela que me cayó en las mano, Arde Josefina, de la mexicana Luisa Reyes Retana es la ganadora 2017. Vamos a ver.

Arde Josefina

Tal vez porque he perdido la disciplina de escribir reseñas, no haré mucha introducción al respecto y me iré al punto. Y me disculpo enormemente por el spoiler. En fin, empecemos. Con un diseño de portada entre clásico y seguro Random House publica a la ganadora. El cover es una pintura en la cual un niño y una niña son las principales figuras, a los costados dos personas los enmarcan. Arde Josefina, así se intitula la novelilla de cerca de 150 páginas.
Josefina es la narradora y protagonista. Tanto ella como su hermano son de origen inglés y terminan viviendo con la familia en Hidalgo, México. (Digresión: uno de los estados de la República Mexicana con mayor presencia inglesa que incluso se hace sentir en la cultura). La novela tiene dos ejes temporales: la juventud de los hermanos y el presente: cuando ambos son adultos. Me decido por contar los hechos cronológicamente. Desde que Josefina y el hermano son pequeños, los padres son incapaces de sostener una relación “sana” o ejemplar con sus vástagos. Mantienen una distancia emocional con los hijos bastante clara y que aumenta cuando al niño se le detecta una enfermedad mental. Bajo este setting, partimos: dos hermanos que sólo se tienen a ellos mismos, no se sienten ingleses porque fueron socializados a la mexicana y tienen una fuerte relación de dependencia. El hermano sufrirá al ver que Josefina se enamora y sentirá que en parte lo ha suplido.
Josefina sabe que su relación amorosa con un alumno inglés del colegio hace sufrir al hermano y lo desestabiliza emocionalmente, y quizás por eso mismo busca y provoca ser observada por su hermano. Es justo la primera experiencia sexual de la chica el disparador que desestabiliza por completo al hermano. Ella se siente entre culpable y agradecida de ser vista por el hermano, el novio siente la complicidad entre los hermanos e intuye que de alguna manera ha sido el instrumento de esta pasión. ¿Suena todo esto a telenovela mexicana? Tal vez, pero por desgracia ahí no para la cosa. 
En un ataque de soledad, confusión y sobre todo liberación, Josefina deliberadamente hace incendiar la casa y de esta forma se venga de los padres que han decido internar al hijo en un psiquiátrico. Su novio ha desaparecido.
Pero como decía, no todo acaba ahí: los padres vuelven a Inglaterra, donde fallecen, con lo cual los hermanos quedan huérfanos (obviously). Josefina se tiene que hacer cargo legalmente del hermano, cuya enfermedad no puede detenerse y le impedirá tener una vida normal. Por lo cual, será necesario que el hermano permanezca en un psiquiátrico. Pasa el tiempo y Josefina que se está reacomodando en su propia vida, recibe una llamada del hospital. El hermano ha embarazado a una paciente. Josefina charla con él, quien en un atisbo de lucidez le pide que cuide al niño. Esta petición no solo viene de él, luego de terminar de hablar con el hermano, son los padres de la chica quien prácticamente se lo exigen. ¿Qué va a hacer ella con el hijo de su hermano?
El hermano se suicida. Ella piensa que ha sido todo esto una conspiración del hospital y que no se trata de un suicidio. De la nada, sale su primer amor y le confiesa que todo este tiempo ha tenido que separarse de ella porque sabía que su presencia inquietaba al hermano. Y sigue tan presente ese primer amor que el chico cede ante la petición de ella, de exhumar al hermano para comprobar que no se ha tratado de un suicidio. El niño nace y lo crían estos dos. Pero Josefina sabe que hay algo que la quema por dentro. Y ver a su sobrino, cada día, reafirma esa sensación. Decide quemar el hospital. Y lo hace: de ahí el nombre Arde Josefina. Fin de la novela.

Digresión: La novela Yoica
He resumido la trama no para decir si es o no un buen tema. El tema desde hace unas décadas es lo de menos, lo que importa es el cómo. Y es aquí donde me quiero centrar. Esta es una trama abundante en sucesos contada de manera limpia y extremadamente vouyerista que atrapa (en muchas de sus páginas); es evidente que la autora sabe de ritmo y consigue sacar varias piezas ornamentales de su historia. Pero en otras páginas uno se pregunta: ¿estoy acaso leyendo una novela rosa (véanse los capítulos referentes al resurgimiento del primer amor)? Claro, no es fácil saber cuándo ya se pasó uno de cheesy en sus historias y lo mejor es dárselas a lectores de confianza para que aconsejen un poco.
               Pero no estoy criticando el sentimentalismo exacerbado de un par de capítulos, ni estoy criticando los hechos presentados. Me pregunto qué le faltó a mi lectura. Sigo del primer capítulo al último con vouyerismo lo que hacen los personajes. A veces con incredulidad por la rapidez en que se cuentan pasajes importantísimos. La tensión cae además. Entonces recuerdo un concepto del que habló Sara Sefchovich en un curso de literatura escrita por mujeres, “La novela yoica”. Sí, creo que mi insatisfacción como lectora es eso: leo una historia entretenida que no me deja marcas a pesar de que los hechos bien pudieran hacerlo. ¿Por qué sucede eso? Porque a la novelilla le faltan personajes que tengan carne y hueso, que no hablen de Josefina en sí: sino que puedan hablar de las Josefinas que hay en todos nosotros, en mí, en mi vecina, en mi hermano. Eso, por desgracia, no pasa durante la lectura porque la narradora no es creíble, una pirómana cuyo comportamiento sexual es arriesgado no se sostiene diciendo “soy mala”, se sostiene mostrándolo: en sus reflexiones, en su nerviosismo. En resumen, o bien, a esta novela le faltaron páginas para profundizar los aspectos, o le sobraron aspectos y bastaba simplemente con concentrarse en los hermanos sin tanta explicación con los padres. Miremos el diálogo del hermano al pedirle a la hermana que se quede con el hijo. Más de eso faltó en la novela, personajes que nos hicieran creer quiénes son, por qué tienen ciertas motivaciones y qué los mueve; eso no se ve y termino con mi último ejemplo esperando ser más clara: ¿el primer amor te ayuda a desenterrar a tu hermano así nomás después de años de no estar en tu vida?
               Aquí me lavo las manos. No me gusta decir: este libro es bueno, este es malo. Porque muchas cosas son juicios subjetivos. Por eso aclaro: el libro tiene ritmo, tiene acción. Pero a mí como lectora: me falta el contenido.




Sonntag, 23. September 2018

El libro de Ana, novela karenina (2016) | Carmen Boullosa

El libro de Ana, novela karenina (2016)

De una manera casual cae un ejemplar en mis manos. Ajá, pienso. La contraportada avisa que se trata de una combinación entre personajes reales y ficticios de la novela Ana Karenina y que además se incluye el manuscrito de la misma Ana, el cual no aparece en la novela de Tolstoi. Pienso, si alguien tiene el valor de proponer y llevar a cabo una idea como esa, es sin duda, Carmen Boullosa.

Carmen Boullosa (1954, Cd de México)

Es poeta, ensayista, novelista (dieciocho novelas en su haber), dramaturga, catedrática, conferencista...En fin, una persona multifacética. Ha sido galardonada con varios premios nacionales (como el Villaurrutia) e internacionales como el premio de novela café Gijón y el Liberaturpreis alemán.

Posiblemente su nombre se asocia ahora mucho al ganador del Pulitzer Mike Wallace y no tanto porque ambos están casados, sino más bien por la publicación que hicieron juntos, A Narco History, How the United States and Mexico Jointly Created the ´Mexican Drug-War´.

...Quizás a los chilangos nos suena más o menos su nombre, porque ella junto con Alejandro Aura fundó El cuervo, un espacio cultural en el corazón de Coyoacán.

Y mejor aquí terminamos con la biografía que es muy extensa. simplemente agrego que quien conozca textos de la autora encontrará una constante: Boullosa tiene una inclinación por el desafío, ya sea en la forma o en el contenido. No es una autora que uno pueda encasillar con facilidad en temas, pero sí se puede afirmar que los trata apasionadamente. Falta verla en acción presentando un libro para que se entienda lo que digo.


La novela

“Kapitonic le abre la puerta a Annie. El viejo portero que aparece en la novela de Karenina sigue idéntico a como nos lo dejó Tolstoi, el tiempo no ha dejado huella en él.”

No estoy haciendo nada de spoiler. Desde el primer capítulo se cuenta todo. No hay en sí nada que sea oculto. Los personajes sobrevivientes de la novela de Tolstoi, los hijos de Ana Karenina han crecido, Ana sigue soltera, Sergio se ha casado. Todo esto ocurriendo en 1905 en San Petesburgo, a nada del domingo sangriento ruso (es decir, de la matanza de manifestantes pacificos guiados por el padre Gapón).


"Como escribiría la Kollontai, "Ese día el Zar asesinó algo enorme, incluso más grande que los cientos que cayeron. Mató la superstición. Terminó con la fe ciega de los trabajadores que habían estado convencidos de que iban a conseguir la justicia por la beneficencia del Zar."
Mientras lo real se cuenta a través de personajes nuevos, lo ficticio se concentra en contestar otras preguntas: cuál es la relación de los hijos de Ana Karenina, cómo ha afectado a estos dos el suicidio de la madre. El tema sale a colación porque el Zar pide a Sergio que ceda a la colección zarina el retrato de la madre. Sergio no quiere acceder por todas las habladurías que surgirán. La esposa lo convence, es ella misma quien descubre un manuscrito perdido de Ana.

“La idea de entregar al ojo público el retrato de su mamá repugna a Sergio por el escándalo, la afrenta de verla expuesta, las murmuraciones a que dará cabida. Exponer la pintura provocará un ambiente intolerable. La suicida, la adúltera, la mujer perdida estará en boca de todos. Y Sergio, otra vez, no será sino el hijo de ella, esa pobre mujer, si es que puede uno llamarla así...”

No quiero contar más, primero porque hay una que otra sorpresa escondida por allí, por ejemplo el personaje de Clementine, una mujer en contra del sistema que se siente terriblemente incomprendida entre los suyos y que encuentra en el desventurado Vladimir (hombre cuya hermana ha muerto al intentar prevenirlo de no participar en la marcha del domingo rojo) el mejor ayudante para tramar un atentado.

Cortemos ahora y un regaño a Alfaguara

“Sería imposible intentar enumerar las diferencias entre las dos mujeres, porque para ello haría falta detenernos en todas sus características. Hay una diferencia que no se puede dejar pasar: Annie es un personaje de ficción y Claudia no.”

Carmen Boullosa ha conseguido combinar personajes ficticios y reales de una manera extraordinaria y arriesgada. Por desgracia, la edición Alfaguara tiene muchos errores, tal vez esa es la enfermedad actual de las editoriales literarias: que se está perdiendo el respeto al manuscrito y ya no da pudor enviar un texto a imprenta sin haberlo leído un par de veces para corregirlo.

A pesar de ello, sea paciente el lector porque la historia bien vale la pena. No llega a ser exhaustiva, es fluida, atrapa, consigue armar un mundo en la cabeza del lector a una velocidad impresionante.

Finalmente, quiero agregar que este es un libro para un lector formado, para un lector que ama leer intertextualidades, que se fija en la construcción de personajes, es decir, que tiene ojo para la “talacha” de ser escritor, que disfruta del sonido de la lengua.
Si lo tratamos en cuanto a su estructura podemos identificar en la novela tres vertientes: la historia del cuadro de Ana (que es la más apegada a la novela), luego el manuscrito de Ana que en sí ya es una historia que da para un análisis más freudiano: es extremadamente simbólica, utiliza elementos de cuentos de hadas, de prohibiciones, habitaciones que no deben ser abiertas, de llaves que causan placer, de historias de cenicientas que fueron rescatadas por príncipes. Una tercera vertiente es ese diálogo que tiene el narrador con la obra de Tolstoi donde evidencia errores e incongruencias. Incluso, en la tercera parte de la novela se hará aparecer a Tolstoi mismo como personaje dentro del sueño de sus propios personajes. 
Resumiendo, si como lector estos aspectos no interesan, entonces, creo que este libro, no es muy recomendable.
“En todas las épocas hay actores como Vronski, aparentando la precisión de su propia ruta, arrojo y heroísmo, actores medianos de su propio destino que no son más que cortina de turbiedad que desvían, entretienen con oropeles, ejercen un influjo obtuso.”



Donnerstag, 17. Mai 2018

Cuento "Marcas" en La Colmena n.96

Mi cuento "Marcas" aparece en la revista La Colmena, n. 96 de la Universidad Autónoma de México.
Gracias por leer.

https://lacolmena.uaemex.mx/article/view/6964/8501



Samstag, 5. Mai 2018

Pinky


Pinky



Un minúsculo perro con rizos blancos mal peinados viene a toda prisa hacia mí sonando su cascabel, esquiva a cuanta persona le sale en el camino, no le interesa otra cosa más que mi pantalón. Se aferra a él. Como si fuera su karma.
–Pinche perro –digo mirando la bola de pelo.
Su dueño, un gordo inmenso vestido con un pants rosa, está a unos quince metros. Se encoge de hombros como si no fuera su culpa.
–Sólo quiere hacer amigos –aclara–. No es agresivo.
Sin abrir el hocico el perro mueve la cabeza de un lado para otro. Estoy seguro de que va a desgarrar la tela. El gordo avanza en cámara lenta, como si esperara que en ese par de segundos surgiera de mi parte un amor repentino por su poodle.
Me agacho y con fuerza le sujeto la cabeza al animal. Estoy a nada de darle un puñetazo. Pero hay gente, hay tanta gente a mi alrededor. 
–Suelta –le susurro al oído.
El perro abre el hocico, libera mi pantalón y se sienta. En ese instante llega el dueño. 
–¿Qué le ha dicho? –pregunta.
–Nada, que me suelte –contesto y revisó mi pantalón. Está lleno de saliva.
–No se preocupe. Si Pinky ha estropeado su traje me comprometo a reponérselo –dice el gordo remangándose la sudadera–. Sólo dígame qué le ha dicho. Mire cómo me lo ha dejado: Tranquilo y sentado.
Pinky no se ha movido un ápice desde que me soltó. El gordo suspira y recoge al perro del suelo.
–No recuerdo –digo y también me levanto.
–¿Es usted un...? –pregunta y se interrumpe– ... ¿un susurrador? 
–¿Un qué? –digo sorprendido. No tengo nada para limpiar la baba que me dejado el poodle.
–¿Quiere tomar algo conmigo? Aquí cerca hay un restaurante dog friendly –me señala la calle de enfrente. 
–Voy de camino al trabajo –rechazo.
–¿Me puede dar su número? –me pregunta cerrándome el paso.
–¿Perdón?
–Su número –repite el gordo cerrándome el paso y aprieta entre sus brazos a Pinky.
           Me río.
–Disculpe. A mí –subo el tono de voz– no me gustan los hombres.
–¡Por Dios! Parezco un estúpido –dice el gordo y saca el pecho–. Es por lo que hizo antes. ¿Qué le dijo a Pinky?
–No recuerdo, lo siento.
El gordo parece decepcionado y casi herido de muerte por mis palabras, pero realmente no recuerdo haber hecho nada especial.
–Pinky no abre nunca el hocico. Por nada. Ni siquiera si usted lo hubiera pateado o le hubiera dado un puñetazo como era su intención, Pinky lo habría soltado. Tenía que llegar yo y a la fuerza hacer que lo soltara. Si le contara cuánta ropa ha roto.
–Ya –digo mínimamente interesado y miro el reloj–. Suerte con el perro.
Me giro y camino tan rápido como puedo porque este hombre no me va a dejar en paz. Apenas se abre un hueco en la muchedumbre, me cuelo. Voy avanzando en zigzag con amplias zancadas. Detrás escucho el jadeo del gordo y el cascabeleo de Pinky.
El gordo me llama, tal vez me ha perdido de vista. Aprieto el paso aún más, pero hay mucha gente para esquivarlos a todos. El cascabeleo se escucha más cerca. Me giro. Efectivamente vienen detrás de mí. Camino casi corriendo hasta llegar al semáforo. Espero que pronto cambie a verde.
–¡Espere! –me grita el gordo y un ladrido agudo refuerza su llamado.
Me han descubierto. Los veo venir a mi encuentro, las orejas de Pinky rebotan, así como la panza del gordo. Los paseantes que también esperan el cambio de luz nos miran, curiosos. Me doy por vencido.
No quiero que ni el gordo ni Pinky se me acerquen tanto. Me busco la cartera en el traje. Saco una tarjeta de presentación. El gordo pelea unos metros más y llega jadeando.
–Está bien –digo resignado–. Tome mi tarjeta.
El gordo sonríe, me la arrebata y se la lleva a las narices para olerla. Pero parece no querer alejarse de mí. Siento cómo pululan las miradas de los transeúntes. Me acerco al gordo y le susurro, bajito:
–Vamos, hombre, ya tiene mi teléfono, por favor no me siga más.
Le doy una palmadita en el hombro, luego le propino un golpecito al cascabel de Pinky. El dueño sonríe y asiente tres veces. Besa a Pinky, lo estrecha con enjundia y se va. Los transeúntes se lo quedan mirando unos cuantos metros.
Una mujer se me acerca y me tira del saco.
–¿Qué le dijo al gordo?
–¿Cómo?
–¿Qué le susurró? Llevamos años intentando que no nos moleste.
Me encojo de hombros y aprovecho que el semáforo está en verde. Voy a tomar el metro.
–Oiga, espere –escucho gritos detrás–. Díganos qué le susurró.

            Pero esta vez no volteo, bajo las escaleras tan rápido como puedo, pero hoy, hoy hay tanta gente en la ciudad.

Montag, 5. März 2018

Bioética | Estudio de caso (Experimento mental)


Un presidente propone armar a los profesores para proteger a los estudiantes en caso de emergencia. Si él tuviera que hacerlo, no dudaría en defender a sus pupilos. Todos lo tildan de loco.

Las opiniones se dividen. La medida se implementa. Quizás un par de quejas y manifestaciones. Lo de siempre. Pasa el tiempo.

Después el mismo presidente visita instalaciones escolares y habla con los alumnos. Un profesor abre su gaveta, toma un arma y dispara al presidente. Tenía que defender a los alumnos, estaba en su derecho, repite. Había que prevenir.

¿Tenía razón el presidente?



Montag, 26. Februar 2018

Berlinale 2018 | 68th Berlin International Film Festival

Berlinale 2018


A veces hay suerte y otras también... Tal vez es porque al buscar entradas no esperaba nada este año me ha llegado la suerte. Ni invertí tiempo ni nada pero me tocaron tres premieres y la cuarta película resultó la película favorita escogida por el público (Profile). Vayamos por partes.


Los débiles, México (2018)

Dirigida por el mexicano Raúl Rico y venezolano Eduardo Giralt, "Los débiles" trata un tema aparentemente gastado en el actual cine mexicano: la violencia. No la violencia del narcotráfico, sino aquella que se volvió cotidiana -y casi dispensada- en la sociedad. A un ranchero sinaloense le matan a sus perros y en toda la película este va tras la pandilla responsable. En la búsqueda pasamos por una tlapalería, un deshuesadero, un estudio de tatuajes. Todo en sí tiene algo de violento, ya sea el trato, la conversa, la manera de mirar al otro. Incluso la ayuda, todo resulta seco y hostil, como el ambiente. La violencia se fue filtrando de tal manera que... se volvió un juego de niños, un juego de béisbol. Muy recomendable, sobre todo el final que parece lo más inocente del mundo... Pero no lo es, hay que recordar la primerísima escena de la película donde se cuenta cómo jugaban unos niños de barrio: reventando ratas con cuetes y viendo divertidos cómo estas explotaban. Así de "inocente" es el final.

Classical Period, Estados Unidos (2018)

Posiblemente de las cuatro películas que conseguí ver aquella que reventó mis límites de tolerancia. En esta película vemos todo el tiempo tres intelectuales girando en torno a su querido tema de estudio, que muchas veces es la Divina Comedia. A veces uno no está tan seguro de estar presenciando una conversación o más bien un monólogo; o quizás una conversación donde se toma turnos para hablar y no se interactúa. Sesenta y dos minutos que me recordaron por qué me alejé de la vida académica. Por lo anterior no estoy diciendo que no recomiendo la película ni nada, claro que resonó conmigo de cierta manera, cuando uno se recarga tanto en el mundo intelectual, se olvida de tener conversaciones inmediatas, propias: banales. Aquí dejo una frase que resumen el contenido: Evelyn wishes it were posible to speak more directly, but perhaps that´s the defining feature of the period, not the classical one, this one. You speak, you listen, there´s nothing in between.


Mariphasa, Portugal (2017)

Excelente película con influencias enormes del cine de horror. Una fotografía espectacular donde el espectador tiene la sensación de estar viendo una película a la Rembrandt por tanto uso de sombras. En Mariphasa se está en una ansiedad constante apenas interrumpido por brees diálogos que parecen arrojar un poco de luz sobre los protagonistas. Paulo, un guardia que duerme de vez en cuando con la amante ha perdido a su hija. El vecino que es un cazador. Todo parece ser un sueño y uno quiere hacer que las piezas coincidan en una trama que es difícilmente reconstruible. Dirigida por Sandro Aguilar. Recomendable si se tiene nervios de acero y gusto por "ver" el ambiente.





Profile, Reino Unido (2018)

De las cuatro posiblemente la única que va a distribuirse masivamente porque cuenta con todos los elementos para ser vendida al gran público: hay una historia, las reglas para contar la historia son sencillas de seguir, la información es dosificada, se permite al espectador entender y decidir menos o tener una opinión, esta llega solita y lista para llevar. Por supuesto que disfruté mucho la película; por supuesto que me gustó la idea de desarrollar toda una historia viendo sólo la pantalla de una mac. Profile está basada en una historia verdadera y va sobre una periodista que contacta a un yihadista cuya función es reclutar mujeres para después entrenarlas o prostituirlas. Escenas rescatables es cuando la chica cree que el terrorista muere cuando cae una bomba y casi al final, cuando la periodista tiene que controlarse un poco y salirse de su papel de mujer, periodista y víctima para ponerse a salvo. Se le ocurre traducir aquello que le dijo su contacto del árabe al inglés y allí viene un buen quiebre en la película. Cositas que andan flojas: la frase del miedo. Una periodista que se la pasa todo el tiempo asustada para que no la sorprenda el yihadista reclutador, de repente y de la nada le sale el valor... Creo que eso se pudo trabajar mejor, así como otros aspectos en una cuestión tan compleja como el terrorismo. Pero la perspectiva en ese sentido es transparente: cómo ve Europa el asunto.

Montag, 29. Januar 2018

Guía de titulos recomendados IBBY México 2018 | "Tu abuela en bicicleta"

La guía de libros recomendados que publica Ibby cada año es un referente obligado y la más prestigiosa en el medio de literatura infantil y juvenil en México.

Este año, la Guía de libros infantiles y juveniles "Ibby México" 2018, recomendó quince títulos correspondientes al Plan Lector Mar Abierto, colección a la cual pertenece mi novela juvenil "Tu abuela en bicicleta".



El catálogo se puede consultar aquí.

Donnerstag, 28. Dezember 2017

Rua Mestre Antonio Martins

Rua Mestre Antonio Martins


 Eduardo y  yo decidimos pasar Año Nuevo en Lisboa. Un primo suyo le prestó su piso y otro le ayudó a pagar los pasajes. Eso apenas me lo dijo en el avión. A mí me hubiera dado lo mismo celebrarlo en casa. Pero él quería que este año fuera especial.
               Desde el primer día comenzamos a desarrollar rituales a pie, eso es lo que hacemos en las vacaciones: salir a caminar. Siempre hay un momento en que un camino se desarrolla entre nosotros, marca un ritmo y entonces ninguno de los dos quiere salirse de ahí. El primer paseo que hicimos en Lisboa marcó el ritual del viaje. Salimos sin mapa. Confiados en que la memoria de Eduardo y la información de sus primos bastaría como brújula en nuestro caso. Rodeamos la escuela al lado de nuestro edificio y subimos por la Rua Mestre Antonio Martins. Yo me quedé viendo los balcones de la esquina con sus inmensas ventanas. En uno, una anciana saludaba desde ahí a los paseantes. A todos los llamaba por su nombre. Yo la miré, casi no se movía, sólo cuando pasaba gente. A nosotros no nos dijo nada.
Continuamos por la Rua Cidade de Manchester. Yo iba tan lento como podía, quería ver las fachadas, quería conservarlo todo en el recuerdo con el mayor detalle posible, la luz, los olores, aquello que escuchaba. Eduardo me esperó. Cuando desembocamos en la entrada del metro me preguntó si queríamos seguir a pie. Yo asentí. Desde ese primer día empezamos así todos los paseos.
              Hoy empezamos el paseo como todos los días luego de una semana en la ciudad. Siento a Eduardo muy nervioso. Le cuesta sonreír.
–Mira, una abuela en el balcón –dice casi al empezar nuestro paseo–. Parece una estatua.
–Siempre está ahí por las mañanas.
–¿Ah, sí? –pregunta sorprendido.
Más sorprendida estoy yo de que no haya notado antes a la mujer. Después no comenta nada en el trayecto, pasamos el metro, nos acercamos al centro por nuevas calles. Él sigue en silencio. Ni siquiera se irrita cuando un grupo de asiáticos domina el paso zebra y no nos permiten llegar con facilidad a la Plaza de Comercio. Apenas llegamos al río, vemos sorprendidos que en la orilla del Tajo un centenar de turistas inundan la ciudad. Faltan dos días para Año Nuevo.
Ver el río es parte del ritual. Nos abrimos paso entre los selfiestas. Y yo pienso en la anciana y pienso en Eduardo. ¿Qué vio él en toda esta semana mientras caminábamos? Me toma de la mano.
–Este lugar nunca está vacío. Tal vez deberíamos venir a las seis de la mañana –dice cuando ve que una pareja de adolescentes está sentada donde nos sentamos cada día a esta hora.
–Hoy lo está un poco más –digo–. ¿Te pasa algo? –pregunto y me cierro lo más que puedo el abrigo.
Eduardo se sonroja pero no contesta. Casi lo siento como la vez que por fin me dijo que yo le gustaba. Sospecho que hay algo detrás de este viaje. ¿Quizás una propuesta? Me pregunto qué le voy a contestar porque eso habremos de contárselo a todos después, cuando volvamos. Me da un poco de rabia no haber notado antes su plan.
–¿Por qué no cambiamos un poco el paseo? –digo y echo a andar.
Él asiente. Parece más tranquilo. Caminamos sin rumbo, los selfiestas comienzan a escasear. Ya no escuchamos ni siquiera gaviotas. Terminamos en una plaza que no conocíamos, donde en todas las fachadas hay azulejos. Parece un rincón especial que todavía no han descubierto los otros. Quiero decírselo a Eduardo, pero él ya se ha dado cuenta. Otra vez tiene esa expresión de pesar, toma mi mano y no la suelta. Está acomodando las palabras, quiere hablar. Estornudo, interrumpirlo me parece lo más apropiado. Yo también estoy nerviosa. Se busca en el abrigo un pañuelo y me lo da.
–¿Tienes frío? –me pregunta esperando seguramente un no.
–Un poco. Entremos en ese café.
Sólo hay una mesa libre. Nos quitamos los abrigos y apartamos la mesa. Él va a la barra a pedir café. Apenas se gira, estornudo de verdad. Recuerdo que él tiene pañuelos en algún bolsillo. Los busco y encuentro sin querer una caja. Es del anillo, pienso. Y me da vergüenza haber hurgado entre sus cosas. Aun no he pensado en mis palabras. Eduardo vuelve con dos cafés y dos pasteles de nata. Me pregunto cuándo se atreverá a hacer la propuesta. Parece un poco molesto, molesto consigo.
Volvemos a pie. Tardamos un poco más en llegar. Cuando sólo falta una escalinata, me doy cuenta de que casi no hemos hablado en el camino. Pronto llegaremos a casa, digo cuando veo el letrero de la Rua Mestre Antonio. Eduardo dice que se dará un baño. Avisto ya el balcón de la anciana. Parece que ha puesto un árbol de navidad en el balcón o algo grande. No consigo distinguir qué es. Al acercarnos me doy cuenta que es ella. Nunca por las tardes hemos coincidido. Y hoy está allí, sentada en el balcón. Me da ansiedad verla allí.
–Mira... –susurro. Me da miedo que la anciana me escuche.
Eduardo sonríe.
–Hasta se peinó. Caray.
La anciana voltea a mirarnos y nos saluda con una mano. Entonces dice algo. Ella que nunca nos ha saludado de repente lo hace y dice frases que no entendemos. Eduardo se encoge de hombros.
–Esa mujer se va a caer –le digo a Eduardo.
–¡Cómo crees!
–Mírala. Está sentada en la ventana. Tiene un peinado de salón. Se ríe.
–Está un poco loca –dice Eduardo y me toma de la mano. Quiere llegar a casa.
–Va a saltar –digo e impido que Eduardo me lleve.
–No.
–Te digo que va a saltar.
Me toma del brazo con fuerza. Pero yo me sujeto de un poste. La abuela comienza a gritar algo así como “feliz navidad”. Y se ríe con una carcajada que remarca sus arrugas. Eduardo me pide que siga caminando.
Algunos paseantes también se detienen a verla. Uno viene con compras en las manos, parece reconocerla. Deja caer sus bolsas y se va corriendo hacia el portal de entrada. La vieja manda besos a todos. Luego se fija quién está en la calle. Quizás somos ocho personas afuera mirándola. Sus ojos se topan con los míos. Eduardo me grita que no la mire.
La anciana me lanza un beso y salta.
Por instinto cierro los ojos y me llevo las manos a la cara. Escucho la caída, los gritos. Eduardo me aprieta contra sí y me lleva a empellones fuera de la Mestre Antonio Martins.
–¿Y la anciana? –pregunto intentando volver.
–Van a venir por ella.
Subimos hasta el piso de su primo. Yo intento seguir todo desde el balcón. Unos minutos después veo las luces de la ambulancia. Hay gente en la calle. Comienza a llover. Eduardo me dice que tengo que meterme, que hace frío. Me lleva al sofá, me arropa.
–Todo va a estar bien –dice un par de veces.
Cenamos en silencio. Apenas si toco la comida. Me voy a dormir temprano.
Por la mañana repetimos el ritual, más por inercia que por gusto. No pasamos por el balcón de la anciana. Yo pienso en lo que nos gritó. Las fachadas de azulejos dejaron de encantarme. Ya no busco callejuelas que encapsulen la luz del sol. Caminamos rápido por avenidas principales y ruidosas, infestadas por paseantes que dejaron de ver a los pordioseros que viven en ellas. Pronto llegamos a la Plaza de Comercio. Es temprano. Sólo hay una veintena de selfiestas. Nos sentamos en nuestro sitio, frente al Tajo. Eduardo me toma de la mano y la acaricia.
Busca algo en su abrigo. Lo miro prepararse y respiro profundamente. Busco las palabras que habré de decir. Pero no las encuentro, sólo me viene la anciana a la mente. Pone su puño en mi regazo. Antes de que hable lo detengo y niego con la cabeza. Lo miro fijamente a los ojos, luego me levanto y me voy caminando entre los turistas. 
Escucho a Eduardo gritar mi nombre. Me pregunto si él sabe lo que nos dijo la anciana. El viento al lado del Tajo sopla con fuerza. Me pregunto cuánto tardaré yo sola en volver a casa.