domingo, 5 de enero de 2014

Der Untergeher Thomas Bernhardt

De cómo llegué a este autor

Un quejicas que se suicida, un criticón y un virtuoso que muere prematuramente. Así puedo resumir mi primer libro de Thomas Bernhanrdt. Debo sin embargo, reconocer que he llegado a este autor por un camino algo inusitado: por Centroamérica. Sí, mi querido Horacio Castellanos Moya haciendo un ejercicio literario me mostró el nombre.

Pregunté por aquí y por allá en mi círculo de amigos y efectivamente el nombre del escritor austriaco no sólo les sonaba sino que varios de mis amigos lo habían leído ya.

De cómo me fue en la lectura

Tengo que reconocer a mi pesar, que el libro me impuso un ritmo que no me gustó y me obligó un número infinito de veces a cerrarlo. Sí, avanzar en la lectura fue un camino tortuoso. A veces lo dejaba reposar muchísimos días, incluso semanas. Pero cada vez que reiniciaba ya estaba claro: tendría que terminarlo. El problema no era el contenido, en sí, sino la formación de personajes, la forma de contar: siempre desde una manera tan "absoluta" e irrefutable. Precisamente esto es lo que me fascinó del libro, esa manera tan magnífica e inmediata del autor de causar repulsión al lector sobre los personajes. El narrador parece antipático de cabo a rabo y los otros dos personajes tampoco se vuelven entrañables.

De qué va el libro pues...

Un virtuoso pianista muere inesperadamente, uno de sus amigos también músico se suicida y el narrador - el tercer amigo - nos cuenta una y otra y otra vez las relaciones entre estos dos y lo inevitable de su destino.
Una vez, dos veces, tres veces. Los detalles se repiten pero este círculo de información más bien se va volviendo una espiral, cuya trayectoria nos permite ver las relaciones de egoísmo, egocentrismo, superioridad y deseo de ver fracasar al otro. Sí, pasiones muy humanas y trágicas. A quién no le ha pasado por el camino - o el destino - un Glenn Goud y qué alivio que no se haya quedado en el camino...

Entonces...

El libro así de buenas a primeras es extensamente recomendable para aquellos que les guste echarse un round con el narrador - y no morir en el intento. También es bueno para cultivar la paciencia y aprender a controlar la ira y los ataques furtivos de romperle las páginas a un libro, porque el libro, pobre, no tiene la culpa de esa historia repelente.

Pero si no es así: si usted sufre de suceptibilidad, es mejor dejarlo cuanto antes y condenar al olvido al autor, suplir su libro por una novelilla rosada y seguir pensando que las historias felices donde los personajes no tienen aristas son la regla sin excepción. He dicho.

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